martes, 15 de septiembre de 2015

Un margen de indefinición - (Sobre la poética de Lucas Soares)

Un margen de indefinición
Sobre la poética de Lucas Soares


        



No vayas a mostrar
todos los aspectos de las cosas
reserva para ti
un margen
de indefinición.[1]


Introducción

Sostiene Freud en el prefacio a la primera edición de La interpretación de los sueños que “la comunicación de mis propios sueños implicaba inevitablemente someter las intimidades de mi propia vida psíquica a miradas extrañas, en medida mayor de la que podía serme grata y de la que, en general, concierne a un autor que no es poeta, sino hombre de ciencia”.[2]
Lucas Soares está investido por ambas cualidades: metódico y analítico como hombre académico, se permite la abundante impudicia de la poesía. Con valentía, no duda en desplegar en sus textos una delicada yuxtaposición entre citas e intertextualidades de procedencia libresca; giros y recursos líricos, y, a su vez, un registro amplio y amable que incorpora el remanente del lenguaje.
Podría pensárselo –a mi criterio, erróneamente– como un autor que se mantiene al margen de la discusión entre el pensar académico y el sentir popular –como categorías rígidas e inconciliables–; sin embargo, Soares va más allá y la trasciende. Genera una síntesis que conserva lo negado por cada posición, y así, no sólo impurifica los discursos sino que se constituye como amalgama superadora.


I.                   El río ebrio: la adulteración del río de Heráclito


La enfermedad del padre no es grave: pero el padre está como fuera del mundo, abandonado a una especie de misteriosa haraganería: convertido en niño por la enfermedad y el dolor, que en algunos momentos es insoportable y en otros cede. En todo caso, una obstinación oscura e invariable lo domina, casi a pesar de él mismo, en los ojos que buscan: el deseo de salvarse.[3]

Si bien Soares ya se preguntaba por las vinculaciones entre filosofía y literatura (directa o lateralmente), y escribía al respecto[4], se arrojó a la palestra poética en el año 2005 con El río ebrio.[5] Parecería que la clausura simbólica de la muerte del padre lo inaugura como poeta.
En El río ebrio, los poemas narran una historia: la muerte del padre y sus consecuencias. No son, sin embargo, poemas narrativos. La historia se hace presente en el incesante camino de las secuencias que fluyen con el río. Aunque detener la corriente no es posible, y lo que allí cae pasa y se pierde, en El río ebrio hay una permanente reiteración de conceptos, a través de pequeñas –y determinantes– variaciones de la imagen presentada en cada poema, que demora un poco esa pérdida. No se trata de un mero recurso formal sino que hace al fondo: subvierte la idea del río como constante devenir e intenta reiterar, al menos por un instante, los momentos que indefectiblemente se irán con la corriente. Es entonces en la ebriedad del río donde radica la clave del libro: un río que, corrido de su propia naturaleza efímera, por obra y gracia de una borrachera existencial, se reitera en meandros obsesivos que repiten el recorrido de su cauce, lo demoran, y obligan a las aguas a pasar una y otra vez por el mismo lugar.
Habría una adulteración del río de Heráclito. En este sentido, el recurso de la reiteración –que no se da solamente en la lógica de cada poema (entendido como fragmento) sino entre poemas (es decir, entre fragmentos)–, nos brinda una interesante posibilidad de comparación con el estilo del filósofo presocrático. Charles Kahn sostiene que el estilo oracular de Heráclito posee, como una de sus dos características fundamentales, la “resonancia” entre fragmentos; es decir, una relación entre fragmentos por la cual un único tema o imagen verbales se repite de un texto a otro, de modo tal que el significado de uno se enriquece cuando se los entiende conjuntamente.[6]
En Soares, cada reiteración resignifica el fragmento (poema) anterior y le otorga al lector la posibilidad de apropiarse de la imagen y empatizar con dicha representación y el afecto que acarrea. Durante el breve instante en que se torna posible asir la imagen, y observarla como a una fotografía que inmoviliza el devenir, el lector tiene tiempo para posicionarse frente a ese sentimiento. Entonces, aunque todo vaya a perderse fatalmente en la corriente, aún queda la esperanza de que las aguas del río ebrio vuelvan a pasar por allí en un próximo poema (fragmento). Así:

Donde hoy perdí / tu reloj / después de darlo vuelta / para escuchar / los tics / de tu dolor / que llevaba / sin darme cuenta / cuando las agujas / de este olvido / me marcaron / la hora / en que perdí / tu reloj.

Se articulan tres sentimientos: el que propone la imagen, la esperanza de conservarla y el definitivo fracaso. En este último habita la mayor belleza de los poemas: el hecho de que el intento de adulterar la naturaleza del río finalmente fracasa y expone la imposibilidad que tiene el lenguaje para recuperar aquello que se dice. Esa imposibilidad última de detener la corriente, de sostener la vida, es la del lenguaje para decir realmente las cosas.
Por otra parte, toda la carga teórica que se vislumbra en el libro convive –como conviven los peces con las piedras y la mugre en un río– con lo banal, insistente y burocrático de una muerte:

El reflejo de la muerte / en la escalera / de un velatorio / y el sueño mecánico de tu rostro / de tu hablar y de tu caminar / detenido / donde me veo / caminando.

Se observa, ya en este libro inaugural, un ir y venir entre la abstracción de los pensamientos y la testarudez de los hechos, que se manifiesta también en un movimiento pendular entre registros, lo que proyecta una poética anfibia que hace tanto de lo lírico como de lo coloquial su hábitat natural.


II.                Mudanza y Roña: el cambio y el lenguaje


Como que todo
lo de la tierra
es imitable     
              su trazo, personal e impersonal
parte de que todo
es uno.[7]

En Mudanza,[8] el autor se aleja de la ambivalencia de registros y parte de uno más directo para proponer un universo preadolescente de mudanzas (físico-espaciales en paralelo con las afectivas), reconstruidas a partir del íntimo soliloquio del yo lírico en el acontecer de los sucesos cotidianos. Aparece en este libro una voz con un gran deseo de nombrar y de ordenar, a la manera de los antiguos, las cosas que suceden. Es un yo poético que observa su situación y “las huellas que sobre la realidad fue dejando el paso del tiempo”.[9] La realidad cambia, es mutable, y parece que el yo lírico aprende que solo puede sostenerse en la mutabilidad a partir de sí mismo y del lenguaje.
Aparece, también, la pregunta. La utilización del lenguaje poético como un modo de exponer la falta de certezas. Pizarnik dice, en una reseña a El ojo de Alberto Girri, que este poeta pregunta mucho desde sus poemas: “Está bien que así sea. No es cierto que la poesía responda a los enigmas. Pero formularlos desde el poema es develarlos, es revelarlos. Sólo de esta manera, el preguntar poético puede volverse respuesta, si nos arriesgamos a que la respuesta sea una pregunta”.[10] Así:

El eco de esa pregunta del tao / que tanto te gustaba escuchar / ¿cómo sabré la manera / de mirar por el mundo? / De aquí / desde una cama cucheta.

En un momento en que todo cambia (pensemos en un preadolescente que se muda a una nueva casa y a un nuevo cuerpo casi a diario), la poesía es la tierra menos pantanosa. El yo lírico está y no está en cada momento que expone. Y es sólo cuando se aleja, cuando se abstrae, cuando se ensimisma en el lenguaje, que logra calmarse. Frente a la inconstancia de la realidad, hay algo que le pertenece y le permite pensarse auténtico frente a ese modo inauténtico de estar: el lenguaje poético.
Este libro perfectamente podría haber tenido de epígrafe la tan citada frase de Heidegger: “El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada”.[11]
La búsqueda de autenticidad en medio de lo mutable se logra a través de la poesía, abriendo la existencia a lo originario. Dice Ferrater Mora: “Frente (al) modo inauténtico, la autenticidad parece consistir no en el habla, ni siquiera en ningún lenguaje, sino en el ‘silencio’, en el llamado de la conciencia. Pero este modo existenciario de considerar el lenguaje en Heidegger se transforma en un modo propiamente ontológico cuando el lenguaje es visto como el hablar mismo del ser. El lenguaje como un ‘poetizar primero’ es el modo como puede efectuarse la ‘irrupción del ser’”.[12]
Detrás de esta voz mucho más coloquial, y de los ámbitos más cotidianos a los que hace referencia, es posible observar las indagaciones de carácter filosófico veladas o recubiertas por el mayor espesor que adquiere en el libro ese registro amable.

En Roña[13] se sostiene, en menor medida, esa indagación interior, y también la fuerte impronta de la experiencia personal, de un modo cada vez más accesible y menos solapado. Dice el checo Jan Mukařovský:

Nos encontramos en una situación realmente paradójica. El crítico, apenas se pone a meditar seriamente acerca de una obra, intenta averiguar hasta qué punto el artista describe en ella sus vivencias, expresa su personalidad, revela su ‘privatissimo’ psíquico. El artista, cuando se le hace una pregunta referente a su obra, se siente obligado a hablar de los elementos subconscientes de su creación, sobre su vida sentimental, etcétera, confiando absolutamente en el valor de la personalidad y el alcance general de cada estremecimiento más mínimo de la misma.[14]

La peculiaridad de Roña se halla en constituirse como el punto más ligado a lo popular (situación explicitada desde el mismísimo epígrafe de Alberto Migré) en las oscilaciones voluntarias del autor. Quizá en ser, también, una escritura liberadora. Este libro, visto a la luz de toda la obra del autor, puede considerarse apropiado para la discusión acerca de si el impacto de la imagen poética es menor o no cuando la distancia entre ella y el tipo de registro utilizado aumenta, producto de su propia complejidad. Discusión que, una vez más, Soares trasciende y supera, mostrando con destreza que el uso auténtico y hábil de cualquier tipo de registro –incluso su más intrépida combinación– puede resultar en una obra poética.


III.             El sueño de las puertas y El sueño de ellas: el recorrido de lo onírico

En El sueño de las puertas[15] del 2006 (libro anterior a Mudanza y Roña), el autor se inmiscuye en una temática de extenso recorrido literario: los sueños. Como contracara de Roña, El sueño de las puertas es el libro más críptico y litúrgico del autor.
Se estructura a partir de dos epígrafes de la Odisea y de la Eneida que refieren a la existencia de dos puertas que rigen el sueño: la puerta de marfil y la puerta de cuerno, siendo la primera aquella a través de la cual transitan, en palabras de Penélope “los (sueños) que engañan portando palabras irrealizables”, y la segunda aquella a través de la cual transitan “los que anuncian cosas verdaderas cuando llega a verlos uno de los mortales”.
Escrito en una prosa poética, el libro propone el recorrido de un sujeto total a través de extrañas imágenes y lagunas oníricas que generan una atmósfera de laberinto mitológico. En él pueden encontrarse cosas ciertas y cosas inciertas, algunas desvirtuadas metafórica y metonímicamente, otras que de verosímil sólo tienen el semblante. Como Penélope, el autor teje un espeso entramado de confusión entre lo real y lo aparente, la realidad onírica y la (ir)realidad de la vigilia. Es interesante cuanto menos postular la relación que guarda, a su vez, con las dos vías –¿o tres?– propuestas por la diosa en el poema de Parménides.
Es un libro inquietante (no en balde Diana Bellessi lo define en la contratapa como un “libro extraño”) y polimorfo que dialoga perfectamente con las delicadas intromisiones que la literatura ha tenido con ese “orbe intemporal que no se nombra”, del que Borges regresaba con “hierbas de sencilla botánica / animales algo diversos / diálogos con los muertos / rostros que realmente son máscaras, / palabras de lenguajes muy antiguos / y a veces un horror incomparable / al que nos puede dar el día.”

Finalmente, el autor presenta, en el año 2014, El sueño de ellas.[16] En este libro, se reitera en la temática del sueño pero con un trabajo diferente: el tejido onírico ahora tiene tres sujetos definidos: Noe, Pola y Li. Elige, a diferencia de en El sueño de las puertas, una estructura menos prosaica, ya que la poesía, en palabras del propio autor a Mariana Kozodij, “se adapta mejor que la prosa a la extrañeza y a las lagunas inherentes a los sueños, porque la poesía es –entre sus múltiple e imposibles definiciones– un arte de la elipsis y de los espacios en blanco”. Lo inquietante ahora es la aparición oscilante de una cuarta voz –una suerte de narrador– que observa los sueños y pensamientos de las tres mujeres y construye un mundo onírico-poético entre ellos. Hilvana los tópicos insinuados por cada una de las tres diferentes voces y pergeña una ligazón. No importa cuánto hay de sueño o de pensamiento despierto en el divague de las voces (al fin de cuentas, como diría Macedonio Fernández, “no toda es vigilia la de los ojos abiertos”) sino que la presentación de las imágenes –como si fueran pequeñas anotaciones intervenidas– arma el bloque onírico-poético que instrumenta el libro. Así, las diferencias entre Noe (“Noe escribe de manera compulsiva / para que le duela menos la única / imagen que conserva de su padre: de niña / bailando Queen para él”), Pola (“Como ese aleteo fuerte / que hacen las gaviotas / para después planear / sin resistencia por el aire / así le gustaría a Pola / hendir su mundo privado”) y Li (“Fiesta en un gran salón / evidentemente yo era lesbiana / porque de a una se me empezaban a acercar / mujeres de todas las edades / que me llevaban de la mano a un cuarto / hasta que ya nadie sabía / lo que podía un cuerpo”) son igualadas por una invulnerable similitud: todas sueñan.

La poesía de Soares, por cualquiera de sus vías, llega al mismo destino: una delicada mostración del universo humano.

                                                                               
                                                                                                          Facundo D'Onofrio.                                            



[1] GODARD, J-L., Historia(s) del cine, Buenos Aires, Caja Negra, 2014, pág. 69.
[2] FREUD, S., La interpretación de los sueños (Die traumdeutung) [1900], en Obras Completas, Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores, 2012, tomo I, pág. 343.
[3] PASOLINI, P.P., Teorema, “¿Puede un padre ser mortal?”, trad. de Enrique Pezzoni, Buenos Aires, Sudamericana, 1970.
[4] Ver Soares, L., Anaximandro y la tragedia. La proyección de su filosofía en la Antígona de Sófocles, Buenos Aires, Biblos, 2002.
[5] Soares, L., El río ebrio, Buenos Aires, Paradiso, 2005.
[6] Ver KAHN, C., “On Reading Heraclitus”, en The art and thought of Heraclitus, an edition of the fragments with translation and commentary, Cambridge, Cambridge University Press, 1979.
[7] GIRRI, A., “Hokusai”, en 200 años de poesía argentina, Buenos Aires, Alfaguara, 2010. Poema originalmente publicado en Homenaje a W. C. Williams, 1981.
[8] SOARES, L., Mudanza, Buenos Aires, Paradiso, 2009.
[9] BOSSI, O., “Episodios de una vida lejana”, Hablar de poesía, nº 21, mayo 2010, pág. 285.
[10] PIZARNIK, A., “Alberto Girri: El ojo”, Sur, nº 291, 1964, pág. 87.
[11] HEIDEGGER, M., Carta sobre el humanismo, Madrid, Alianza, 2000.
[12] FERRATER MORA, J., “Lenguaje”, en Diccionario de filosofía, Barcelona, Ariel, 2004.
[13] SOARES, L., Roña, Bahía Blanca, Vox, 2013.
[14] MUKAŘOVSKÝ, J., “La personalidad del artista” (conf. en Mánes, 1944), en Escritos de estética y semiótica del arte, Barcelona, 1977.
[15] SOARES, L., El sueño de las puertas, Alción, Córdoba, 2006
[16] SOARES, L., El sueño de ellas, Buenos Aires, Bajo la luna, 2014.

lunes, 31 de agosto de 2015

Selección de poemas de "Cada pliegue del cielo"


Selección de poemas de "Cada pliegue del cielo"


1

Toda
la civilización
en mi cuarto.
Extinta.
Hubiera sido otro el futuro.
Sí.
No.
No lo sé.

En la selva
no hay hombres
que resistan la furia.

Hubiera seguido el oficio mudo
de decir mucho
para decir así
todas las palabras.


 3

Nunca comí al limón
como se come a las frutas.
Hubo siempre un perro
al lado de mi silla.
Las dos de la tarde es una hora sospechosa
decía la abuela.
Yo salía igual a andar en bicicleta.


10

Prometí no involucrarme
en el sufrimiento
de una estrella.
Tampoco en la fiebre
que empaña el aire
cuando nace la lluvia.
Ni en el rayo que lacera
la carne estrepitosa
del desastre.
Lo prometí en el patio
vulnerado y seco
del día después
junto a un limón empobrecido
que observaba
burlón
el sinsentido de las cosas.


19

De nochecita y en verano
el patio es una sombra
que deja correr el viento.
Los helechos se humedecen
rogando
la llegada de la lluvia.

Me demora un durazno
salado como el fuego
que patina
en la dicha de su almíbar.

Por qué no arrancarle
de un tirón el presente
y absorber el jugo alegre de su vida
si el tiempo ya lo hizo
y lo hace conmigo.



Quiero para mí
cada pliegue del cielo
el infierno de sus nubes
chocando contra mí
y la tormenta
azulada negra tormenta
como un incendio de agua
ardientes gotas de fuego
empapándome
cada pliegue del cuerpo
hasta consumir
mi carne mis huesos
las cenizas
y no dejar nada
desplegado
en el suelo.


Un dibujo de Verónica - (Comentario a Verónica Pérez Arango)

Un dibujo de Verónica

                                                                     Sobre la poética de Verónica Pérez Arango.

“Velloncito de mi carne
que en mi entraña yo tejí
velloncito friolento,
¡duérmete apegado a mí![1]

En la obra poética de Gabriela Mistral se observa una preocupación obsesiva por la maternidad, expresada a partir de imágenes –directas o indirectas– relativas a la fecundidad.[2] La poeta construye, en muchos de sus versos,  un dibujo de su imposibilidad, que hiende el ámbito de los elementos físicos –la leche, el agua, las entrañas– y el de las acrobacias simbólicas en torno a la concepción.
Este tipo de experiencias no siempre aparece en la poesía de un modo tan categórico y, en este caso –por razones lógicas–, sufriente. Diversamente, en Un dibujo del mundo, Verónica Pérez Arango traza un muestrario del universo cotidiano de una vida, atravesada por la vivencia de ser madre y la necesidad de ordenar la profusión de sensaciones que ello acarrea. El yo poético nombra, organiza, clasifica, detalla momentos con la pericia de un retrato realista y, a partir de un ritmo ininterrumpido, les da movimiento, luego los desarma a su manera: les da vida. La poesía es, entonces, su modo de ordenar el mundo, tal vez su única gramática.
En este sentido, la voz poética de Un dibujo del mundo contempla los sucesos con la misma delicada distancia; sean una evocación del verano, una enumeración de dichas o la sórdida pregunta tras el naufragio. La intensidad de los versos no está dada por la experiencia fresca –no es un desahogo–, sino una elaboración meditada de la realidad. Pérez Arango no narra enlodada en la alegría ni en la tristeza sino que –ajena a ansiedades– sale del lodo, se enjuaga los ojos y recién ahí toma su lápiz y dibuja lo sucedido. Con esa suerte, puede ordenarlo en un poema.
  Así:
   “Las fotos que saco desde que soy chica mienten
la luz y el color. Todos saben que los cuerpos
                                       pueden estar adentro o afuera del choque
                                       entre las cosas. Mis imágenes registran algo
                                      que se desvanece como mi cara
                                      a medida que cambia la intensidad del sol”

A diferencia de lo explicitado en Mistral, en Pérez Arango la maternidad no es una cuestión sufriente ni una obsesión temática. Muy al contrario, es simplemente un momento de reflexión que la convoca a darle un orden al mundo: sus poemas ilustran una pluralidad de acontecimientos pasados y presentes que no se circunscriben a esa etapa. Es decir, la maternidad no es un tema, es el cristal a través del que observa. La riqueza del libro se encuentra en su multiplicidad temática, que a la vez importa un universo de lecturas posibles, lo que lo erige como un ejemplo paradigmático de lo que concibe el lenguaje poético, tal como lo explica Julia Kristeva[3]. El lector halla, así, una diversidad de voces –intertextualidades, influencias– que puede recuperar y hacerse, finalmente, de su acabada y propia percepción del dibujo que la autora propone.
Así:
                                                    “Un letargo vive
 estos días el niño. Escondido
  bajo la frazada deja el cuerpo
quieto como si ya no viviera,
                                                    los párpados pesados
           no comunican los senderos del agua
            ni alimentan las imágenes que pasan
             velozmente como caballos desbocados
                                                   que vienen a salvarlo”

El yo poético, movido por la curiosidad, intenta ordenar el mundo pero no siempre lo logra, entonces pregunta.
Así:
                                                  “ ¿Quién es quién
en este juego alguien sabe
reconocerse propio y libre
                                                      al mismo tiempo?”

Juana Roggero sostiene (en el texto leído en la presentación de Un dibujo del mundo) que “quizás sea la curiosidad una manera de seguir haciendo pie”. Quizá la curiosidad –que siempre se da como interrogación– importa una búsqueda de explicaciones, que las encuentra en el quehacer poético. Lo sorprendente de la poesía de Verónica Pérez Arango es su carácter ambivalente: no se aleja de la afamada máxima que advierte que la poesía no debe explicar sino mostrar y, sin embargo, hace ambas cosas, pero a destinatarios distintos. Su poesía –plena de hallazgos sensoriales– es una variopinta muestra para el lector pero constituye, para el yo poético, toda una explicación del mundo.
Encuentro muy valioso que esa inmanencia explicativa no se manifieste con la misma intensidad en todos los poemas sino que responda a una suerte de cadencia, de matemática interna, que calcula en qué momento y lugar exactos la aparición de la pregunta no se vuelve un desliz sino un artificio; puesto que –como bien dice Barthes– el texto no es isótropo.[4]
Para observar el recorrido de la voz poética, es importante destacar que en el año 2009, la autora publica Camping[5]. Se observa, ya en este libro, la conexión de la poesía con la experiencia personal. En este caso, el disparador es la convivencia en un camping y todas sus implicancias: la cercanía absoluta con la intimidad más elemental de los cuerpos, las manifestaciones volátiles del clima, la fugacidad de las sensaciones ante la permanente necesidad de acción. Y siempre, la incertidumbre.
Así:
     “Acá no hay música
ni luz artificial.
 Hay fantasmas.”

 En definitiva, Verónica Pérez Arango entiende al lenguaje poético como una ardua excursión hacia la incertidumbre para retornar, a cuestas, con un puñado de certezas, como si no se resignara a aceptar que, como dice Alda Merini, “Hay guerras que nosotros no vemos. / Y no sentimos en el corazón.”[6]


                                                                                                     Facundo D'Onofrio





[1] MISTRAL, G., “Apegado a mí”, Canciones de cuna, en Antología, Ed. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1953.
[2] Ver “Presencia de la maternidad en la poesía de Gabriela Mistral” de D’ANGELO, Giuseppe, Instituto Italiano di Cultura, Bogotá, en Thesaurus, Tomo XXII, núm. 2, 1967, disponible en Centro Virtual Cervantes (cvc.cervantes.es)
[3] Ver KRISTEVA, J., “Pour une sémiologie des paragrammes” en Tel Quel, nº 29, pág. 53 y sigs., París, 1967. (“Langage poétique comme infinité”).
[4] BARTHES, R., “Isótropo” en El placer del texto, Siglo XXI Editores, segunda edición argentina revisada, Buenos Aires, 2008.  Título original: Le plaisir du texte (1978)
[5] PÉREZ ARANGO, V., Camping, Ed. Vox, Bahía Blanca, 2009.
[6] MERINI, A., “Paz (II)”, Después de todo también tú, Vox, Bahía Blanca, 2007. Traducción de Delfina Muschietti. En el original: “Ci sono guerre che noi non vediamo. / E non sentiamo nel cuore.” 

Elogio de la flor - (Comentario a Flor Defelippe)

Elogio de la flor
                                                                                
                                                                                     Sobre la poética de Flor Defelippe.

¡Oh, músculo de flor, que abre despacio
las albas de los prados a la anémona,
mientras la luz polífona en su seno
de los sonoros cielos se derrama![1]

Pasolini sostenía que “como en aquel plano-secuencia infinito que es la realidad, en el cine la narración consiste en una continuación de ‘inclusiones’ y ‘exclusiones’. Ahora, como en una película la elección es estética, se debe deducir que la primera elección estética de un director es qué debe incluir en una película o qué debe excluir”[2]. En este sentido, el libro Las malas elecciones[3], de Flor Defelippe, es cinematográfico y, con la intrepidez propia de la paradoja, la autora elige bien.
Su elección es el despojo: prescinde de los vagos rodeos formales y de las pretensiones de la pompa. Elige, en cambio, una trasmisión sin más intermediarios que los ineludibles; un lenguaje directo y poderoso que deja al lector frente a la imagen, a solas, para que se impregnen el uno del otro y se resignifiquen. Allí, espectador y espectáculo son verdaderamente libres.
Su elección por el despojo también es una elección por la exactitud: indaga hasta el hartazgo las minucias de la precisión y entiende que decir no es sino describir y que los excesos, lejos de acercarnos, nos alejan. Mejor la imagen, nítida y contundente, liberada de los oropeles del lenguaje.
En Las malas elecciones hay una permanente búsqueda de un tiempo irrecuperable para el yo poético, que solo encuentra el alivio de recordar pequeños sucesos en los que, de algún modo, está contenido todo el sentimiento de entonces.
Así, en “Los peces”:
“Ella recuerda los peces.
No recuerda el océano.
     Porque recordar el océano
                    sería contemplar el paso del tiempo.
               Y una vez afuera de la habitación
          El tiempo empieza a deformar”

Los versos suceden despacio, con la intimidad del pormenor, y nos permiten participar del recuerdo, reconstruyendo el todo desde las partes. Nos dan la libertad para asir la imagen y ubicarnos en el paroxismo de lo evocado.
La mirada del yo poético va y viene entre el pasado –idealizado– y el presente, que corrompe lo que aún queda y es, apenas, un momento en el que convergen las fracciones recordadas mientras que el resto de lo que todavía permanece va camino a desaparecer.
Así, en “Bombuchas”:
“Lo que no está se vuelve sublime
                                                   y lo que está
        se pudre”

Los poemas tienen un ritmo espeso y delicado que contrasta con lo contundente de las imágenes y nos da tiempo de asimilarlas; de estremecernos con ellas y con la mirada femenina –y dulce– que nunca empequeñece y que de ninguna manera puede considerarse inocente. Los poemas van y vienen, desordenados –¿acaso hay un modo ordenado de recordar?–, entre la nostalgia de infancia y la ausencia de alguien posterior. Ausencia que, en palabras de Borges, es la permanente presencia de lo que no está[4].
Así, en “Sueño”:
                                             “Mi sed constante
                                                         más que sed
                                             frenesí”
                                     
                             y

      “Me acordé de vos por última vez.
                                                         Lo sé por el candado,
                                                         cerrado, siempre
                                                         y por las perras mirando:
                                                       el desconcierto”

La distancia, que es tiempo, impone las reglas, y la diferencia entre lo que ocurrió y lo que el yo poético hubiera querido que ocurra es lo que entristece a esta voz que recuerda.
Así, en “Intencionalidad”:
                                            “Sigue siendo la distancia
                                             que determina
                                             la abismal diferencia
                                             entre lo que es
                                             y lo que uno quiere que sea”

Y en “Las malas elecciones”:

                                          “¿Viste cómo es?
                                           ¿Alguna vez viste cómo es
                                            dejar todo para el final,
                                            dejar todo
                                            para cuando ya
                                           es demasiado tarde
                                           para pensarte de otro modo
                                           que no sea este?
                                           Estamos solos
                                           y en soledad acechan,
                                          hechos polvo,
                                         los recuerdos que no tuvimos jamás”

En la segunda parte del libro, “Las chicas del conurbano” aparecen el ausente y el amor perdido. Ambos sentimientos –ausencia y amor– son dichos con madurez, con el aplomo de quien dejó atrás los arrebatos del despecho. Hay un tono comprensivo, propio de quien sabe que todo será un símbolo inevitable de esa falta y encuentra en la poesía su modesta protesta contra el devenir de las cosas.
Así, en “Domingo”:
                                       “Te extraño con el silencio
                                        de una ausencia requerida
                                       únicamente por las circunstancias
                                        y de nosotros nada:
                                       un cobarde devenir en pasado”

La voz no es caprichosa –no estamos en presencia de Plath– ni se divierte –no está aquí, tampoco, Thénon–; la voz es reflexiva y aun dulce, indigna al enojo.
Con justeza, el ritmo crece, como la angustia, y de pronto el desierto está allí, frente al lector, en el espacio a solas que comparte con la imagen.
Así, en “Cada una de sus consecuencias”:
“Caminé quince cuadras y en todas
                                                algo te nombra
                                                un mapa de puntos
             empecinados en recordarme que estás ahí
                  que Córdoba no será más la avenida Córdoba
                                                sino tu nombre
y cada una de sus consecuencias”

Así, en “El nudo”:
“las palabras perdidas
  el nudo en la garganta
                                                           cuando te vas
porque nunca fuimos
lo que quisimos ser”

El yo poético, mientras la ausencia duele, no se priva de homenajear a Fogwill ni de criticar el sistema nocivo que nos alimenta de mierda, ratas muertas y noticias de TN (es decir, de mierda), y en el epicentro del revoltijo y de la genuina angustia presenta su oda a las chicas del Conurbano: ¿será que ellas no se enroscan con el pasado?, ¿será que ellas se deshacen de los hombres como del cigarrillo que cansó o se acabó?
Así, en “Las chicas del Conurbano”:
“Amo
                     y envidio un poco
                                    a las chicas del Conurbano,
                  por su condición
                           emblemática, distante,
                                               hermosas, inalcanzables, guerreras,
                           chicas del Conurbano”

En Las malas elecciones se ve que el mecanismo del despojo es, a veces, una gran elección y una muestra de inteligencia.

Cinco años antes de Las malas elecciones, en el año 2009, la autora presenta Parrhesia[5], cuyo mismísimo título es un franco indicio de todo lo demás; es el anuncio flagrante de una clave de lectura.
“Parrhesia” (del griego παρρησία, que significa “decirlo todo” o “decirlo enteramente”), es un modo de hablar con la absoluta verdad en tanto manifestación de libertad pero también en tanto obligación en aras de un bien superior o común. Según Foucault: “La Parrhesia es una actividad verbal en la cual un hablante expresa su relación personal a la verdad, y corre peligro porque reconoce que decir la verdad es un deber para mejorar o ayudar a otras personas (como también a sí mismo)”[6].
El “parrhesiastes” no recurre a manipulación alguna, y no solo es sincero, sino que “dice la verdad” al punto de criticarse a sí mismo y de correr el riesgo personal y político que la pura verdad implica.
Con coherencia, la autora prescinde de discursos ornamentados y de manipulaciones formales. Sabe que quien adjetiva, miente, y lleva su compromiso con la verdad tan lejos como el lenguaje se lo permite: recurre a las vicisitudes de los hechos, a la mostración carnal de los sucesos, a un erotismo latente y doloroso (así, por ejemplo “Empty”[7]), y uno le cree, como se cree en una revelación o en la ignominiosa confesión del pecador.  
En la crudeza y en la desmesura también hay belleza –¡vaya si la hay!– e incluso la venganza es un acto de amor.
 Así, en “Tiempo”:
“y cuando vea en tus ojos mis ojos brillando,
                                         partiré a otros rumbos,
                                        para que nunca olvides la nostalgia”

Defelippe propone una nueva clave de lectura, un nuevo pacto con el lector: leer la verdad, leer a pesar del lenguaje. Y nos lleva, como diría T. S. Eliot, a ciertos límites “pasados los cuales, en una dirección, la crítica literaria deja de ser literaria; en otra, deja de ser crítica”[8].


                                                                                                Facundo D'Onofrio





[1] RILKE, R. M., Sonetos a Orfeo (Die Sonette an Orpheus), versión española de José Vicente Álvarez, Centro editor de América Latina, 1980.
[2] PASOLINI, P. P., “Tetis” (1973), en Erotismo y destrucción, 2da edición, pág. 96, Fundamentos, Colección de arte, 1998.
[3] DEFELIPPE, F., Las malas elecciones, Pánico el pánico, Buenos Aires, 2014.
[4] BORGES, J. L., “Ausencia” en Fervor de Buenos Aires: “¿En qué hondonada esconderé mi / alma / para que no vea tu ausencia / que como un sol terrible, sin / ocaso, / brilla definitiva y despiadada?” (Buenos Aires, 1923).
[5] DEFELIPPE, F., Parrhesia, Ed. Cilc, Bs. As., 2009.
[6] FOUCAULT, M., Discurso y verdad: la problematización de la Parrhesia, pág. 15 y 16, Seis conferencias magistrales dadas por M. Foucault en la Universidad de California, Berkeley, 1983.
[7] DEFELIPPE, F., “Empty” en Parrhesia, Ed. Cilc, Bs. As., 2009
[8] ELIOT, T. S., “Las fronteras de la crítica” de Sobre la poesía y los poetas, en SUR, Revista Bimestral, Nº 251, marzo y abril de 1958, Bs. As. Extracto de una de las “Conferencias Gideon Seymour”, Minnesota, 1956.